18 abr. 2012

“Desayuno Con Diamantes” (Hª de una resaca #16 /Año 2)

-¡Los hombres sois unos cobardes!-. Gritó borracha y bravucona bajo el manto de la noche hermosísima donde nos movíamos en la madrugada como animales. Había un vaso vacío de Seagrams, una espuela de oro en su flequillo, la máquina de tabaco rugiendo asesinada por los bárbaros dedos de la metralla y las fieras. Y yo a su lado, medio hombre con suerte que pensaba en memeces mientras estaba allí sujetando su espalda descubierta. -No, los hombres no queréis, no habláis, sois tontos y orgullosos-  repitió delicadamente en mi oído.

Quizá tenía razón, vi a los hombres de mi alrededor tirados como perros callejeros panza arriba, durmiendo extasiados en las estrellas bajo la lluvia, orgullosos y tontos, es cierto, y perdidos. Más aún, extraviados locos, malqueridos, desnudos ante la vida, porque todos sabemos que la vida es un regalo o es un dolor, y aquí, cada cual elige a su compinche.
Hombres, héroes todos o ninguno, hombres tullidos, emocionalmente mancos, figuras mitológicas del abandono que habitan los bares iluminados bajo los focos de los corazones rotos, cercanos a los camareros de siempre. El robusto chicano que me invitó al “Acapulco”, ese Bar-Man que conoce bien a los clientes, la chica de cabellos rojos tatuada que brilla como soles de esmeralda tras los faroles de la barra, amamanta a los caníbales, nos ceba, cría a los clientes que como yo, por la noche, nacen solos, viven solos, y a veces tenemos la suerte de morir acompañados.

Ellen era bella, como Audrey Hepburn y el brillo de sus ojos en Desayuno con diamantes, la noche se abría en su hombro con un fulgor de beso y labios rojos, descuidada, fumaba dentro de los bares pidiendo guerra, pequeña amazona sensual y miscelánea, cabaretera, envuelta en tules, la más impactante mujer de mi universo conocido.



-¿Quieres otra Seagrams Ellen?
-¿Vas a invitar tú?
- No, pero podemos probar suerte con el camarero, te mira con ojitos.
- Una más, y me voy a casa, que te conozco…

Bajó la mirada. Tenía el peso de tristeza que una vez compartimos, estaba de nuevo volviéndose a marchar. Sentada en la barra, a mi lado pero lejos, siempre lejos, nunca terminó de llegar, y ya no estaba.

Recuerdo el primer momento, (quien lo diría, un primer y único momento latente en la memoria para siempre), ya era de día y ella era una flor radiante de veintipocos años, hablaba sin parar y yo escuchaba, (raro, se ve que la edad me ha vuelto parlanchín y zafio), estábamos en  un portal con forma de Arabesco, entre los arcos moriscos y los besos.
Allí, como un caudal de energía que deja fluir su corriente, nos besamos con sabor a fruta y alcoholes aguardientes, asistí al mejor beso de la tierra, y lo peor de todo es que lo supe, aquel primer beso, aquel primer contacto irrepetible uniendo en nuestras bocas entes de otras vidas, millones de lenguas resbalando atadas en nosotros, dos borrachos asfixiados por la vida amaneciendo, la suavidad de la lengua roja repasando el borde superior del labio, exhalación de aire y de deseo. Sin darnos cuenta yacíamos en la habitación de un hotel colonial avejentado, el mueble bar derramado, la piel húmeda, despiertos los instintos, una estancia llena de calores, el cerrojo de su ingle desabrochado, tambores que anunciaban la sed, el ansia, los hombros desnudos, el vello de su nuca, las medias caídas, pañuelos de gasa en las muñecas mínimas, casi minúsculas. Recuerdo bien el tacto primigenio de su clítoris, su mirada encendida y tímida. Yo me inclinaba para tocar su sexo con mi lengua, hundiéndola en las mejillas de su pubis. El placer de los aromas inguinales, un contraluz purpúreo en las esquirlas de las formas, los espejos azules, el reflejo de su cuerpo en el mío cuando estoy dentro de ella, la aspiración boca a boca, hilo de líquido que acariciaba nuestra libido. Todas las persianas de la tierra echadas en esa habitación que recorría los instintos, las risas cómplices del durante, embestidas de cielo y de placer. Ella recogía sus pechos y los izaba mientras con mis dedos trabajaba su sexo, arqueaba la espalda, se revolvía entre las ligas negras que brillaban en los escasos rayos luminosos que dejábamos entrar en aquella sala de delirio, veneno y vicio. Una y otra vez los tactos erizados, yo cercaba su cintura con la mía, el choque de las pelvis como trenes enfrentados, y por fin, un estremecimiento digno del mejor amanecer del mundo. Su alarido suave y terso dejando reposar por fin al cuerpo liberado. La paz, la calma.

-He vuelto a ti como esa actriz desfigurada que lejos del fulgor de los focos, se siente tentada por el sabor de lo perdido.
- No digas eso Ellen, no has vuelto a nada, es cuestión de tiempo que él aparezca, sólo es una mala racha.
-¿Una mala racha?, todos sois iguales, nunca vais de frente.
- Venga Ellen, vámonos, deja la copa, te acompaño a casa, estás borracha.
- ¿Que me acompañas a casa? ¿qué tenemos, quince años?, ¿o es que vas a ser mi Ángel de la guarda eternamente?, ¡no lo seas!
-Ellen, no digas eso, deja que te lleve.
- Sin beso David, llévame pero sin beso, que quede claro.

La dejé sobre la cama dormida, el olor de su piel rezumaba sobre mí, un olor que jamás se olvida, un olor que es un viaje al pasado y un chute de heroína. No, ninguna piel se olvida.
Había recuerdos de su viaje a India y a Tailandia repartidos por la estancia, pastillas contra el dolor de alma y algún omeprazol. Las sábanas negras y moradas como a ella la gustan.
Ellen, qué profundamente delicada y bella tendida en su palacio de cristal abuhardillado.



Avancé por la casa, la miré una última vez, como en los viejos tiempos cuando salía a la playa en la mañana y ella seguía durmiendo hasta el final del mediodía. Me revestí de ausencia y de pasado. Cerré la puerta y reabrí la herida.

A veces los hombres somos cobardes, casi siempre diría, y esos actos, o peor, los actos que no cometemos atenazados por el miedo, el estúpido miedo a ser de verdad un hombre, se vuelven errores que nos persiguen eternamente en cada trago.
Sentados en taburetes de bar hacemos llamadas por nuestros teléfonos, llamadas a nadie, sin destino expreso, llamadas que se saben perdidas y que dejan un regusto amargo en el paladar. Colgamos y pedimos otra copa, intentamos sonreír, pensamos la vida.


Un relato de Zarain.

Ilustrado por;
#1 Rafa G. (www.trespuntoceroweb.com)
#2 Mr Hojas (www.astrogorestudio.wordpress.com/)

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